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Guías

Las formas de las ciudades

Vista desde arriba, una ciudad cuenta su historia: quién la trazó, de qué se defendía, por dónde pasaba el agua. Esta guía repasa los grandes tipos de trazado y dónde verlos mejor.

Leer una ciudad desde arriba

Un plano de calles es una especie de huella dactilar. Las ciudades que crecieron solas, casa a casa, tienen calles que siguen el terreno, los caminos antiguos y las lindes de las fincas; las que se planificaron de una vez llevan la marca de una regla y un compás.

Casi ninguna ciudad es de un solo tipo. Lo normal es un casco antiguo irregular rodeado de ensanches ordenados, cortado por avenidas posteriores y, más allá, barrios de bloques o de casas sueltas. Esas costuras, donde un trazado se encuentra con otro, son a menudo lo más bonito de un mapa.

Para verlas hace falta la escala justa. Una forma de 1 o 2 km, como una ciudadela o un recinto amurallado, luce entre 1:3.000 y 1:8.000; una cuadrícula de barrio o una ciudad entera, entre 1:15.000 y 1:30.000. La guía de escalas explica cómo calcularla para tu papel.

La cuadrícula

Es el trazado más antiguo de los planificados: ya lo usaban los griegos (se atribuye a Hipodamo de Mileto) y los campamentos romanos, con sus dos calles principales cruzadas, el cardo y el decumano. Muchas ciudades europeas conservan aún ese cruce bajo el casco medieval.

La cuadrícula volvió con fuerza en dos momentos: en las ciudades que España fundó en América, alrededor de una plaza mayor, y en los ensanches del siglo XIX. El Eixample de Barcelona, de Ildefons Cerdà, es el ejemplo más famoso: manzanas de 113 metros con las esquinas cortadas en chaflán para que los carruajes giraran y entrara la luz.

En Estados Unidos la cuadrícula es casi la norma. La de Manhattan se aprobó en 1811 y extendió las calles numeradas por toda la isla, colinas incluidas; la de San Francisco sube y baja cuestas imposibles sin desviarse. Desde arriba se nota la diferencia con las europeas: manzanas alargadas y calles todas iguales, sin una plaza que las ordene.

En un mapa a línea, una cuadrícula es una trama casi textil. Funciona mejor cuando algo la rompe: una diagonal, un parque, un río o la costa.

Barcelona a 1:25.000: la cuadrícula del Eixample, la Diagonal, Ciutat Vella y el puerto.
Barcelona a 1:25.000: la cuadrícula del Eixample, la Diagonal, Ciutat Vella y el puerto.

Diagonales, ejes y plazas en estrella

A la cuadrícula se le pueden añadir avenidas en diagonal que unen puntos importantes por el camino más corto. Washington es el caso de libro: Pierre L'Enfant superpuso en 1791 grandes avenidas en diagonal, con nombres de estados, a una cuadrícula de calles numeradas y con letras, y las hizo converger en el Capitolio y la Casa Blanca.

París llegó a algo parecido derribando: el barón Haussmann abrió a mediados del siglo XIX bulevares rectos a través de la ciudad medieval y los hizo coincidir en plazas como la de l'Étoile, donde doce avenidas salen del Arco del Triunfo. En el mapa se ven como radios de una rueda.

La Plata, en Argentina, lleva la idea al extremo: una ciudad cuadrada, fundada en 1882, con una cuadrícula perfecta, dos grandes diagonales que la cruzan de esquina a esquina y otras menores, y una plaza cada seis manzanas.

Washington a 1:30.000: la cuadrícula cruzada por avenidas en diagonal, el National Mall y el Potomac.
Washington a 1:30.000: la cuadrícula cruzada por avenidas en diagonal, el National Mall y el Potomac.

Estrellas y polígonos: las ciudades fortaleza

Cuando aparecieron los cañones, las murallas altas y finas dejaron de servir. Los ingenieros italianos del Renacimiento inventaron el baluarte: un saliente en punta desde el que se podía disparar a lo largo del muro vecino, sin rincones muertos. Una muralla hecha de baluartes, vista desde arriba, es una estrella.

Algunas ciudades se construyeron enteras con esa lógica. Palmanova, en Italia, fundada por Venecia en 1593, es un polígono de nueve puntas con una plaza hexagonal en el centro de la que salen las calles como radios. Naarden, en los Países Bajos, tiene una doble estrella de baluartes rodeada de fosos llenos de agua.

Otras conservan solo la ciudadela: el Kastellet de Copenhague, una estrella de cinco puntas junto al puerto, o las murallas de Christianshavn al otro lado del agua. Son de los mapas más agradecidos que existen: la forma se reconoce al instante y cabe entera en un papel pequeño.

Palmanova (Italia) a 1:7.000: la ciudad en estrella de nueve puntas, con la plaza en el centro y el foso alrededor.
Palmanova (Italia) a 1:7.000: la ciudad en estrella de nueve puntas, con la plaza en el centro y el foso alrededor.

Anillos y círculos

Muchas ciudades europeas crecieron por capas, como los anillos de un árbol. Cuando la muralla se quedaba pequeña, se construía otra más afuera; cuando se derribaban, en su lugar quedaba una avenida que rodeaba el centro.

La Ringstraße de Viena es el ejemplo más claro: en 1857 se derribaron las murallas y en su lugar se trazó un bulevar en herradura alrededor del casco antiguo, cerrado por el Canal del Danubio, con la ópera, el parlamento y el ayuntamiento a lo largo. Ámsterdam hizo algo parecido con agua: sus canales del siglo XVII rodean el centro en arcos concéntricos.

Los anillos piden un encuadre en círculo, centrado en lo más antiguo: el mapa se convierte en una diana.

Ámsterdam a 1:15.000: los anillos de canales alrededor del centro, la Estación Central y el IJ.
Ámsterdam a 1:15.000: los anillos de canales alrededor del centro, la Estación Central y el IJ.

Laberintos: las ciudades que crecieron solas

En el otro extremo están los cascos que nadie trazó. Las medinas del norte de África, los barrios moriscos de Andalucía o los centros medievales de Europa tienen calles estrechas, torcidas y sin salida, porque crecieron casa a casa, siguiendo las pendientes, los caminos y las necesidades de cada momento.

El Albaicín de Granada, la judería de Córdoba o el centro de Toledo son buenos ejemplos en España. Venecia es un caso aparte: un laberinto de calles y canales sobre más de cien islas, en el que casi ningún trazado es recto salvo el Gran Canal, que lo cruza en forma de ese.

En el mapa, un laberinto es una textura fina y densa que pide una escala cercana (1:5.000 a 1:12.000) y un papel generoso. Combinado con algo ordenado alrededor, como la muralla o una avenida, gana mucho.

Venecia a 1:18.000: el Gran Canal, la Giudecca, San Giorgio y la laguna alrededor.
Venecia a 1:18.000: el Gran Canal, la Giudecca, San Giorgio y la laguna alrededor.

Agua y relieve: la forma que pone el sitio

A veces la forma no la decide nadie: la pone el sitio. Toledo está encerrada en un meandro del Tajo que la rodea por tres lados; Cádiz, en la punta de una lengua de tierra; Lisboa baja en colinas hasta el estuario; Estambul se reparte entre dos continentes, a ambos lados del Bósforo.

Los ríos son la columna vertebral de muchos mapas. El Támesis en Londres, el Danubio en Budapest o el Moldava en Praga parten la ciudad en dos y le dan dirección. Y algunas ciudades fabrican su propia forma con el agua: la Palmera de Dubái es una isla artificial con forma de palmera, un tronco, diecisiete hojas y una media luna que la protege del oleaje.

Para estas ciudades conviene encuadrar el agua, no evitarla: en un mapa a línea el mar y los ríos se rellenan con líneas de orilla y son un contrapunto perfecto a la trama de calles.

Lisboa a 1:15.000 en sepia: la Baixa en cuadrícula, la Alfama y el Tajo.
Lisboa a 1:15.000 en sepia: la Baixa en cuadrícula, la Alfama y el Tajo.

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